Una navidad borrosa
Otra vez iba a pasar Navidad con la familia de Valen. Decir “otra vez” me resulta raro; festejar Navidad no es algo particularmente común para mí. Soy judío y debe ser el segundo o tercer año que hago algo especial en esta fecha. Además, poco tienen de normales las fiestas con su familia.
La Nochebuena había caído en una tarde calurosa, pesada. Era de esos días en los que no corre ni una gota de aire; realmente no se podía estar sin algo que refrigerara alrededor. Por suerte, esta vez era en su casa, que me queda bastante más cerca. Dijeron que llegara a las 20:30; yo llegué a las 21:15 calculando la impuntualidad habitual. Igualmente fui el primero; bah, segundo, solo estaba el tío abuelo pastor evangelista, su mujer y sus hijos (de más de treinta años cada uno). No hay muchos jóvenes en la familia, la persona más chica es Sabri y tiene 14 años; así que no pasa eso de la mágica Navidad.
No tenía muchas ganas de hablar con esta gente, casi no los conocía y por mi descripción anterior, creo que pueden notar que no son lo más normal del mundo. Me senté en el sillón con Valen, así podía elegir mi lugar en la mesa con un panorama más claro; no contaba con que ella se parara a ordenar y terminar de poner la mesa. Quedé solo, y no sé por qué se me ocurrió que debería iniciar una conversación con el pastor y su familia.
Se ve que la hija vive en Uruguay y, aparentemente, leyó un libro que le gustó tanto que lo nombró mínimo cinco veces a lo largo de la cena. Algo de la criada era el título; parece que en estas fechas salía la película en el cine. Era gracioso escucharla porque hablaba con emoción y nadie tenía idea de qué era esa mierda literaria. La mujer casi no hablaba y, la verdad, no me acuerdo su nombre. El otro hijo, Mauricio, era un poco más grande y bastante peculiar. Casi ni me habló.
La jugada de esperar a que llegara la gente para elegir mi lugar no me salió del todo. Quedé en la zona de la juventud, pero en uno de los laterales. Además, Valen quedó sentada enfrente mío, por lo que, aunque estábamos cerca, no era lo suficiente como para hacerle preguntas sobre la gente que teníamos alrededor. No los veo nunca y soy bastante malo con los nombres; además, todos tienen alguna particularidad y se me mezclan, así que es fundamental tenerla cerca para no pifiar.
Yo me considero una persona bastante paciente, pero este tipo, Mauricio, el que quedó sentado al lado mío; logró sacarme un poco de mis casillas. Era insoportable.
La cuestión de los lugares falló, porque cuando llegó la familia de mataderos, Alberto, que es su tío, estaba casi descompuesto del calor. La verdad que lo entiendo, era un día hostil. El aire acondicionado del comedor estaba roto, y aunque habían 3 o 4 ventiladores en uso realmente el calor te asfixiaba; reinaba la humedad típica de Buenos Aires. Para colmo, la tensión estaba un poco baja y por momentos, las luces se atenuaban como anunciando un corte (por suerte de esa zafamos).
El punto es que el día estaba insoportable y Alberto llegó sin aliento después de caminar tres cuadras desde donde estacionó el auto hasta la casa. Yo justo había agarrado uno de los asientos cerca del ventilador y no me quedó más remedio que cedérselo. Así fue como quedé al lado del insoportable de Mauricio.
Es una Navidad rara la de la casa de Valen. A ella no le gusta nada de la comida festiva y su lado paterno también es judío, así que comemos pan dulce, torre de panqueques y knishes. Se ve que a Mauricio le gustan mucho estos últimos.
Durante toda la noche, pese a que el plato estaba literalmente frente a su asiento, me pidió que le alcanzara los knishes; si no le podía servir uno o dos señalando con el dedo cuales quería.
Yo traté de preguntarle a Valen qué le pasaba después de pedirle tres veces que me pasara una servilleta y me ignorara totalmente, pero el problema es que ella es pésima leyendo los labios, así que nunca me entendió. Lo que más me enojaba era que con cada pedido que Mauricio hacía, Jaz, Sabri y Valen se estallaban silenciosamente de risa; en un momento pensé que todos me estaban cargando.
La noche siguió, Alberto, que había ido a recostarse un rato en una habitación más fresca, volvió justo para el brindis de las doce. No encontraban ningún canal con contador, así que brindamos un minuto tarde y tomé la sidra que me dio vergüenza rechazar.
El calor y la falta de comida habilitaron que algunos se fueran parando de la mesa. Uno o dos adultos salieron a fumar al patio y los jóvenes los seguimos buscando algo de frescor que nunca llegó.
Al rato nos acordamos de los regalos y los fuimos a abrir. Yo pensé que esta vez no iba a recibir nada —tengo casi veinte y no pertenezco a la familia—, pero igual obtuve una linda camisa. En una astuta jugada, Valen propuso que subiéramos todos a dejar los regalos; fue así como Jaz, Sabri y yo quedamos refugiados en su habitación, disfrutando del aire.
Había llegado mi momento, por fin podía preguntar qué carajos le pasaba a ese señor. No pasaron dos segundos desde que nos sentamos y exclamé:
—¿Qué le pasa a Mauricio?
Jaz y Sabri se rieron enseguida, pero de una forma distinta a la de la mesa, como si recién ahí pudieran hablar del tema con libertad. Valen, en cambio, me miró con una mezcla de sorpresa y culpa.
—Ay, cierto —dijo—. Me olvidé de avisarte.
Yo la miré sin entender.
—Mauricio no ve mucho —me dijo—. Ve bastante poco, en realidad.
—¿Cómo que no ve bien? —pregunté—. Si me señalaba los knishes con el dedo.
Jaz dejó de reírse de golpe.
—¿Qué? —dijo—. ¿Mauricio es ciego?
Parece que tardó un poco más que yo en que le cayera la data.
—No, ciego ciego no —dijo Valen—, pero ve muy poco.
—Yo pensé que era medio insoportable, nada más —dijo Jaz.
Sentí un alivio egoísta inmediato: no era el único ciego cognitivo en esa mesa; Jaz había navegado en mi mismo mar de ignorancia. No es que eso me dejara mejor parado pero al menos confirmaba que yo no había sido el único en leer así la situación.
Sabri y Valen estaban estalladas de la risa.
— No puedo creer que nunca te enteraste Jaz, está bien que lo veamos poco, pero ya deben ser como 10 navidades con él en la mesa —dijo Sabri sin parar de reirse.
Valen vio mi cara de confusión —Igual es cómodo — aclaró —. O sea, ve poco, pero también se aprovecha. Si tiene a alguien al lado, le pide todo.
De golpe empecé a repasar la cena en la cabeza: los knishes, la servilleta, el dedo señalando, la manera en que me pedía las cosas que tenía enfrente. Todo tenía bastante sentido, hasta parecía obvio y, al mismo tiempo, totalmente imposible. ¿Cómo no van a avisar que tienen un semiciego en la mesa? Y peor: ¿cómo puede haber gente en la misma familia que convive hace una década con el tipo sin enterarse?
En mi familia —estructurada, previsible, donde si alguien estornuda tres veces se arma un comité de crisis— esto habría sido anunciado y explicado con anticipación para evitarle la confusión a cualquiera. Acá no. Acá la información circula mal, a destiempo o directamente no circula en lo absoluto, y aun así nadie parecía demasiado preocupado por eso. No son muy solemnes con estas cosas en su familia, ya lo tienen muy incorporado.
—Aparte, no te sientas mal —remató Valen, restándole todo dramatismo—. Nadie lo quiere mucho a Mauricio. Yo había notado en otras instancias que un poco se reían de él, pero pensé que era un código, no una burla explícita.
Por un momento sentí pena. Yo entiendo que, aparentemente, el señor es bastante antipático pero no podía evitar que la escena me chocara un poco.
Jaz seguía tentada, y ella se había pasado bastante más que media cena pensando exactamente lo mismo que yo; fueron años de leer mal la situación. Sabri se reía de nosotros dos, de Mauricio, de Valen por haberse olvidado de avisar, de toda la secuencia en general. Esa falta de drama me dejó recalculando.
Abajo seguían los ruidos de los platos y las voces de fondo. Miré a las chicas que seguían tentadas y entendí que esa era la lógica de la familia, en lugar de sufrir lo incómoda que era la cena, preferían reírse de eso.
Me paré, me acomodé la camisa y encaré la puerta.
—Bueno, bajemos —les dije—. Vamos antes de que Maurico aproveche que no ve nada para manotear toda la mesa dulce. A ver si nos quedamos sin postre por su culpa; ya bastante le serví en la cena.
La Nochebuena había caído en una tarde calurosa, pesada. Era de esos días en los que no corre ni una gota de aire; realmente no se podía estar sin algo que refrigerara alrededor. Por suerte, esta vez era en su casa, que me queda bastante más cerca. Dijeron que llegara a las 20:30; yo llegué a las 21:15 calculando la impuntualidad habitual. Igualmente fui el primero; bah, segundo, solo estaba el tío abuelo pastor evangelista, su mujer y sus hijos (de más de treinta años cada uno). No hay muchos jóvenes en la familia, la persona más chica es Sabri y tiene 14 años; así que no pasa eso de la mágica Navidad.
No tenía muchas ganas de hablar con esta gente, casi no los conocía y por mi descripción anterior, creo que pueden notar que no son lo más normal del mundo. Me senté en el sillón con Valen, así podía elegir mi lugar en la mesa con un panorama más claro; no contaba con que ella se parara a ordenar y terminar de poner la mesa. Quedé solo, y no sé por qué se me ocurrió que debería iniciar una conversación con el pastor y su familia.
Se ve que la hija vive en Uruguay y, aparentemente, leyó un libro que le gustó tanto que lo nombró mínimo cinco veces a lo largo de la cena. Algo de la criada era el título; parece que en estas fechas salía la película en el cine. Era gracioso escucharla porque hablaba con emoción y nadie tenía idea de qué era esa mierda literaria. La mujer casi no hablaba y, la verdad, no me acuerdo su nombre. El otro hijo, Mauricio, era un poco más grande y bastante peculiar. Casi ni me habló.
La jugada de esperar a que llegara la gente para elegir mi lugar no me salió del todo. Quedé en la zona de la juventud, pero en uno de los laterales. Además, Valen quedó sentada enfrente mío, por lo que, aunque estábamos cerca, no era lo suficiente como para hacerle preguntas sobre la gente que teníamos alrededor. No los veo nunca y soy bastante malo con los nombres; además, todos tienen alguna particularidad y se me mezclan, así que es fundamental tenerla cerca para no pifiar.
Yo me considero una persona bastante paciente, pero este tipo, Mauricio, el que quedó sentado al lado mío; logró sacarme un poco de mis casillas. Era insoportable.
La cuestión de los lugares falló, porque cuando llegó la familia de mataderos, Alberto, que es su tío, estaba casi descompuesto del calor. La verdad que lo entiendo, era un día hostil. El aire acondicionado del comedor estaba roto, y aunque habían 3 o 4 ventiladores en uso realmente el calor te asfixiaba; reinaba la humedad típica de Buenos Aires. Para colmo, la tensión estaba un poco baja y por momentos, las luces se atenuaban como anunciando un corte (por suerte de esa zafamos).
El punto es que el día estaba insoportable y Alberto llegó sin aliento después de caminar tres cuadras desde donde estacionó el auto hasta la casa. Yo justo había agarrado uno de los asientos cerca del ventilador y no me quedó más remedio que cedérselo. Así fue como quedé al lado del insoportable de Mauricio.
Es una Navidad rara la de la casa de Valen. A ella no le gusta nada de la comida festiva y su lado paterno también es judío, así que comemos pan dulce, torre de panqueques y knishes. Se ve que a Mauricio le gustan mucho estos últimos.
Durante toda la noche, pese a que el plato estaba literalmente frente a su asiento, me pidió que le alcanzara los knishes; si no le podía servir uno o dos señalando con el dedo cuales quería.
Yo traté de preguntarle a Valen qué le pasaba después de pedirle tres veces que me pasara una servilleta y me ignorara totalmente, pero el problema es que ella es pésima leyendo los labios, así que nunca me entendió. Lo que más me enojaba era que con cada pedido que Mauricio hacía, Jaz, Sabri y Valen se estallaban silenciosamente de risa; en un momento pensé que todos me estaban cargando.
La noche siguió, Alberto, que había ido a recostarse un rato en una habitación más fresca, volvió justo para el brindis de las doce. No encontraban ningún canal con contador, así que brindamos un minuto tarde y tomé la sidra que me dio vergüenza rechazar.
El calor y la falta de comida habilitaron que algunos se fueran parando de la mesa. Uno o dos adultos salieron a fumar al patio y los jóvenes los seguimos buscando algo de frescor que nunca llegó.
Al rato nos acordamos de los regalos y los fuimos a abrir. Yo pensé que esta vez no iba a recibir nada —tengo casi veinte y no pertenezco a la familia—, pero igual obtuve una linda camisa. En una astuta jugada, Valen propuso que subiéramos todos a dejar los regalos; fue así como Jaz, Sabri y yo quedamos refugiados en su habitación, disfrutando del aire.
Había llegado mi momento, por fin podía preguntar qué carajos le pasaba a ese señor. No pasaron dos segundos desde que nos sentamos y exclamé:
—¿Qué le pasa a Mauricio?
Jaz y Sabri se rieron enseguida, pero de una forma distinta a la de la mesa, como si recién ahí pudieran hablar del tema con libertad. Valen, en cambio, me miró con una mezcla de sorpresa y culpa.
—Ay, cierto —dijo—. Me olvidé de avisarte.
Yo la miré sin entender.
—Mauricio no ve mucho —me dijo—. Ve bastante poco, en realidad.
—¿Cómo que no ve bien? —pregunté—. Si me señalaba los knishes con el dedo.
Jaz dejó de reírse de golpe.
—¿Qué? —dijo—. ¿Mauricio es ciego?
Parece que tardó un poco más que yo en que le cayera la data.
—No, ciego ciego no —dijo Valen—, pero ve muy poco.
—Yo pensé que era medio insoportable, nada más —dijo Jaz.
Sentí un alivio egoísta inmediato: no era el único ciego cognitivo en esa mesa; Jaz había navegado en mi mismo mar de ignorancia. No es que eso me dejara mejor parado pero al menos confirmaba que yo no había sido el único en leer así la situación.
Sabri y Valen estaban estalladas de la risa.
— No puedo creer que nunca te enteraste Jaz, está bien que lo veamos poco, pero ya deben ser como 10 navidades con él en la mesa —dijo Sabri sin parar de reirse.
Valen vio mi cara de confusión —Igual es cómodo — aclaró —. O sea, ve poco, pero también se aprovecha. Si tiene a alguien al lado, le pide todo.
De golpe empecé a repasar la cena en la cabeza: los knishes, la servilleta, el dedo señalando, la manera en que me pedía las cosas que tenía enfrente. Todo tenía bastante sentido, hasta parecía obvio y, al mismo tiempo, totalmente imposible. ¿Cómo no van a avisar que tienen un semiciego en la mesa? Y peor: ¿cómo puede haber gente en la misma familia que convive hace una década con el tipo sin enterarse?
En mi familia —estructurada, previsible, donde si alguien estornuda tres veces se arma un comité de crisis— esto habría sido anunciado y explicado con anticipación para evitarle la confusión a cualquiera. Acá no. Acá la información circula mal, a destiempo o directamente no circula en lo absoluto, y aun así nadie parecía demasiado preocupado por eso. No son muy solemnes con estas cosas en su familia, ya lo tienen muy incorporado.
—Aparte, no te sientas mal —remató Valen, restándole todo dramatismo—. Nadie lo quiere mucho a Mauricio. Yo había notado en otras instancias que un poco se reían de él, pero pensé que era un código, no una burla explícita.
Por un momento sentí pena. Yo entiendo que, aparentemente, el señor es bastante antipático pero no podía evitar que la escena me chocara un poco.
Jaz seguía tentada, y ella se había pasado bastante más que media cena pensando exactamente lo mismo que yo; fueron años de leer mal la situación. Sabri se reía de nosotros dos, de Mauricio, de Valen por haberse olvidado de avisar, de toda la secuencia en general. Esa falta de drama me dejó recalculando.
Abajo seguían los ruidos de los platos y las voces de fondo. Miré a las chicas que seguían tentadas y entendí que esa era la lógica de la familia, en lugar de sufrir lo incómoda que era la cena, preferían reírse de eso.
Me paré, me acomodé la camisa y encaré la puerta.
—Bueno, bajemos —les dije—. Vamos antes de que Maurico aproveche que no ve nada para manotear toda la mesa dulce. A ver si nos quedamos sin postre por su culpa; ya bastante le serví en la cena.
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