Microcuentos
Me encontré caminando. Era de noche y todo me resultaba desconocido, pensé que tal vez todavía estaba adormecido o que tan solo estaba un poco desorientado. No lograba recordar porqué había salido, tampoco sabía con certeza a dónde iba, pero me dominaba el impulso de seguir avanzado.
Cuanto más recorría, más extraño me resultaba todo, apenas reconocía qué había a mi alrededor. De algún modo el mundo se sentía ajeno a lo que conocía hasta el momento pero no sentía miedo, es más, todo me resultaba encantador. Quería quedarme ahí por siempre, me sentía atraído de forma incontrolable al nuevo mundo que mis ojos descubrian, así que seguí caminando a paso lento.
Luego de un rato de solo oír mi respiración, empecé a escuchar otras cosas. Todavía no estoy seguro de dónde venían. Eran muchas voces; todas me indicaba un camino distinto, se mezclaban y entrelazaban como las cuerdas de un coro pero de repente una de ellas se separó del resto: "haré de ti un amigo o un enemigo" exclamó y yo quedé helado.
La tranquilidad somnifera que me reinaba hasta ese instante se desvaneció en el aire, me congelé en ese preciso momento y mi única reacción fue un escalofrío largo que se repetía cada un par de segundos. Luego no sentí más, fue como si mi alma se hubiese fugado de mi cuerpo, como si me hubiese apagado. Al menos por un rato.
***
Lo primero que me inquietó no fue el lugar, sino la distancia. Estaba de pie en algún rincón del cuarto y, al mismo tiempo, dormida en el suelo. Respiraba con una lentitud ajena, los párpados cerrados y una mano bajo la mejilla. Fue ahí cuando ví al viejo.
No entró en la habitación; ya estaba ahí, arrodillado junto a mi cuerpo, con la paciencia inmóvil de quien espera que algo termine de ocurrir. Tenía una cara gastada, de piel dura y labios secos. Tocaba mi ojo izquierdo con los dedos. Primero apenas lo rozaba, era casi una caricia; después comenzó a hacer movimientos más bruscos para tratar de separar mi párpado de la córnea. Cada vez que lo lograba, inclinaba la cabeza y miraba adentro con una concentración casi médica, como si buscara una astilla, una costura mal hecha, una prueba.
Quise gritarle, apartarlo, despertarme. No pude. Descubrí que en ese cuarto solo podía mirar mientras que el viejo seguía trabajando sobre mi con una delicadeza monstruosa: me hundía el pulgar bajo la ceja, levantaba mi párpado superior y me sostenía el ojo abierto hasta que la pupila, expuesta a la luz blanca del cuarto, temblaba. Después lo soltaba y esperaba. Contaba en silencio y volvía a empezar.
El hombre no quería que abriera los ojos, quería abrirlos él; pensé. Quería encontrar el punto exacto en que una mirada deja de pertenecer a quien mira y se vuelve apenas una superficie, un vidrio, una puerta. Quería ver qué había detrás.
Mientras observaba desde el rincón sentí miedo por primera vez, un miedo limpio, sin sobresalto. Creí acercarme al viejo, pero lo que ví fue mi propio rostro dormido desde más cerca: las pestañas húmedas, la boca entreabierta, la tensión diminuta del párpado cada vez que aquellos dedos lo forzaban. Entonces advertí algo peor. Sentí como mi respiración se volvía más débil, mis rasgos más lisos, más impersonales. De repente, me sentía arrastrada hacia ese ojo abierto como por una corriente.
Quise retroceder, pero ya era tarde. El viejo me vió. No levantó la cabeza de inmediato; primero sonrió, como quien confirma una sospecha. Después me miró e hizo un gesto breve con la mano, un movimiento casi cortés, invitando a acercarme. Entendí, con una certeza helada, que el hombre no estaba intentando sacar nada de mi cuerpo dormido. Estaba tratando de meterme de vuelta.
***
Cuando era chica, frecuentemente contaba algunas de mis memorias que nadie parecía recordar. Incluso cuando el acontecimiento incluía activamente a quien me estaba escuchando, era común que no lo recordara e incluso dudara de la veracidad de mi relato.
Siempre fui de recordarlo todo. Muchas veces atribuí estos olvidos generalizados de momentos importantes a su posible insignificancia en las vidas ajenas; no parecía una idea tan absurda. Tal vez era la magia de la niñez, enalteciendo cualquier suceso menor. Pero, en ocasiones específicas, me resultaba imposible creer que alguien pudiera olvidarse de tales hechos.
Mis extraños recuerdos se convirtieron en un problema que tocó mi puerta muchas veces a lo largo de mi vida. Cuanto más grande era, más problemáticas resultaban estas historias borradas: tan claramente reales para mí y tan increíbles para el resto. Fue así como empecé a analizarlas con mayor cautela.
Noté que, dentro de ellas, algo se comportaba de una manera levemente distinta. El aire parecía más denso; las conversaciones se interrumpían con una naturalidad imposible. Una persona podía quedarse quieta demasiado tiempo, como si estuviera esperando una señal que nunca llegaba. A veces, una frase sonaba ajena en la boca de quien la decía, como si hubiera sido pronunciada desde otro lugar.
Nunca pasó nada demasiado extraordinario; ninguna pared se transformó en un portal, nadie levitó, ni vi muertos reviviendo. Eran pequeños desajustes: pausas demasiado largas, objetos fuera de lugar, cambios fugaces pero perceptibles. Lo atípico nunca se presentaba como una irrupción, sino más bien como un error de continuidad, pequeñas interferencias en el curso normal de las cosas.
Con el tiempo dejé de contar esos recuerdos, por más encantadores que me parecieran. Me acostumbré a la idea de que ciertas cosas ocurrían a mi alrededor con una discreción tan perfecta que solo yo podía notarlas. Estoy segura de mis memorias, pero ahora entiendo que ver lo que yo veo implica aprovechar esos momentos en los que la realidad se distrae y me permite observar su mecanismo.
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