Microcuentos con sueños ajenos
No recuerdo absolutamente nada de lo que soñé hoy. El avión, atrapado por un imán gigante, impactó en el hogar del rey marroquí a las siete en punto de la mañana. La empresa metalúrgica del estado (M.P.C.S, la Moroccan Public Company of Steel) debió estacionar y detener el transporte de un imán gigante, del tamaño de una secuoya. El imán era transportado en catorce carretas de madera, empujadas por quince camellos y ciento treinta tres obreros sindicalizados, en una ubicación muy cercana al ya nombrado edificio público.
Mi compañero y yo fuimos citados desde la [CONFIDENCIAL], perteneciente al departamento número [CONFIDENCIAL] de [CONFIDENCIAL] para investigar el caso. Lo curioso, y motivo principal de por el que me comunico con ustedes, (las únicas mentes en las cuales confío, y de quienes espero alguna respuesta sensata) es que considero que estos sucesos no solo desafían la realidad, sino al entramado espacio-temporal que admite nuestra mundo y su lógica.
Para empezar, no hubo ningún herido en el lugar. Cada uno de los habitantes del palacio (incluido el monarca y sus dieciséis esposas) se vieron o afligidos por fiebre, o incapaces de mover sus extremidades, atrapados en un tránsito infinito, sus alarmas fallaron, o tuvieron que atender asuntos personales (en la mayor cantidad de casos, relativos al romance o de emergencias veterinarias). Un avión atravesó un edificio de 4 pisos y no mató a nadie.
Lo segundo, y lo que yo considero más extraño, involucra al jefe de estado de Marruecos, su zapatero, y a su esposa serbia de nombre “Božena Sedam”. Los tres reportaron tener el mismo sueño; y trataba de un recuerdo donde yo aparecía.
Será menester aclarar entonces, que nunca pisé el territorio Africano, ni he tenido contacto con ninguno de los individuos hasta el día de hoy. Mi única conexión con el país, debió haber sido, la película “Casablanca”, que revisité cuatro veces en una semana, y un plato de cuscús que comí en la navidad de un año que no recuerdo.
Como me imagino que querrán preguntarme, me anticipo: no puedo decir nada sobre el aeroplano que inició esta catástrofe. El mismo no se encuentra allí, es como si no existiese. No hay información sobre un vuelo, privado o comercial, con destino a Rabat que esté perdido, incomunicado, o accidentado. Tampoco hay restos del vehículo, personas desaparecidas o equipaje perdido. Como prueba final de este desencuentro de sucesos improbables, puedo explicar los sueños manifestados por nuestros únicos tres testigos.
El zapatero, describió un hecho de mi infancia involucrando a mi abuela, el cadáver de una lagartija, y un extraño ventilador con forma de trébol; no tiene sentido apreciar los detalles. La esposa, narró una aventura que tuve en la adolescencia cuando me vi involucrado en el secuestro de siete tortugas que, según mi padre demente, sostenían al mundo. El tercer sueño fue acaso el más espectacular de todos: soñó con el primer amor de mi vida, con las noches de verano de mi juventud, con Venecia, y con los poemas de Walt Whitman.
Los tres coincidían en mi arrebatada identidad. Sus sueños eran los míos y la barrera lingüística no impidió (aunque me avergüence decirlo), que nos fundiesemos en un nostálgico abrazo. Después de eso volví a dormirme.
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