Crónica - Marcha federal universitaria

Escribo esto casi un mes después de la última Marcha Federal Universitaria, al término de mi primer cuatrimestre de la carrera, en un contexto movido y bastante complicado. Hace semanas que tengo este trabajo dándome vueltas. No sabía bien por dónde agarrarlo, hasta que hoy, camino a rendir el último parcial, me crucé con uno de mis profesores favoritos de la secundaria.

Yo siempre voy a rendir nerviosa. No importa qué tanto haya estudiado, o cuán bien me haya ido en las otras instancias evaluativas, ir a rendir es un padecimiento enorme. El viaje en subte se me hace eterno y la noche anterior me despierto un millón de veces pensando que me dormí y llegué tarde al parcial. El caso es que hoy vi a mi profe. Lo saludé, me reconoció y tuvimos una cordial y breve conversación. Me puse realmente feliz de encontrarlo después de tanto tiempo; tanto, que esta vez el trayecto a la facultad fue tranquilo, hasta podría decirse ameno.

A veces pienso en este profesor, sobre todo en aquella vez en la que comentó, medio al pasar, que le daba lástima que mandaran el analítico por mail porque eso eliminaba por completo la instancia de reencuentro con sus ex alumnos, que con esa excusa volvían a visitar la institución una vez más y a charlar un rato con él. Me acordé de eso apenas lo vi y también me vino a la cabeza un cartel que vi en la primera marcha. Decía algo así como: “soy la suma de todos los docentes que tuve alguna vez”. Lo sostenía una mujer grande, tal vez jubilada, y la verdad es que me conmovió. Me quedó como un pensamiento rumiante que vuelve cada tanto. Pienso que hay pocas frases que definan mejor a las instituciones educativas.

Mi historia con la educación pública empieza hace un año y medio, cuando luego de dudar todo el verano sobre qué carrera hacer, opté por ciencias de la comunicación y empecé el CBC. La escuela, y de a poco también la universidad, fueron espacios de formación fundamentales para mi vida. No solo por lo académico, sino porque una parte enorme de la persona que soy hoy nació de esos vínculos, de esas conversaciones y de esa forma de estar con otros que la educación obliga a ensayar.

La frase me quedó tan presente porque creo fervientemente que parte de la persona que soy hoy nace de mis interacciones con docentes y pares increíbles. Yo encontré mucha calidez en varios de los profesores con los que me fui cruzando, y sé que es fácil hablar desde mi experiencia, pero estoy segura de que casi todo el mundo puede recordar a algún docente que le haya dejado algo más que un contenido, que haya tocado alguna fibra. Y, sin embargo, me da la sensación de que cada vez somos menos conscientes de eso.

A veces creo que todas mis conclusiones van al mismo lugar: que todo el mundo está muy centrado en sí mismo y que compramos demasiado el discurso individualista de “yo puedo con todo solo”. Creo que hoy, cada vez menos, notamos lo necesario de la interacción con un otro; de entenderlo, dialogar con ideas diversas y chocarnos con cosas que nos saquen de nuestro eje. Pienso que esta huida de lo distinto explica, en parte, la hostilidad tan grande hacia las universidades — y a la educación pública en general —, y también la facilidad con la que empezamos a pensarla como un recorrido privado: ir a cursar, aprobar materias, recibirnos y seguir con nuestra vida.

Como estudiante, este es un tema en el que pienso de manera recurrente, sobre todo porque me tocó entrar en un momento en el que el conflicto universitario estaba en primer plano. Estaría mintiendo si dijera que no me quise matar cuando, apenas ingresé a la carrera, todas las materias avisaron que había paro indeterminado y que no se sabía cuándo íbamos a empezar. También sería mentira decir que no entendía el porqué y que, honestamente, me daba culpa —y vergüenza— pensar en cómo me perjudicaba a mí una situación tanto más grande que yo. Ahí me di cuenta de que, aun estando a favor de la educación pública y de la lucha por el presupuesto, muchas veces caigo —y caemos— en pensarla desde el lugar de usuarios perjudicados y no desde el de una comunidad que también está siendo vaciada.

Creo que lo que me pasó a mí es parecido a lo que les pasa a muchos estudiantes; un poco lo comprobé hablando con gente. Nos falta perspectiva, conexión con el otro. Nos cuesta tomar dimensión de lo importante que es esto y de que, como estudiantes, también es nuestra responsabilidad involucrarnos para que la situación mejore.

No dudo de que, en términos generales, existe un consenso a favor de la educación pública. El problema es que muchas veces se piensa a la universidad pública separada de la comunidad universitaria: está lleno de alumnos criticando las medidas tomadas por los docentes, riéndose de quienes militan y no yendo a las marchas porque lo sienten ajeno, cuando el problema del financiamiento nos golpea a todos.

Funciona como una profecía autocumplida. Se desfinancia la universidad, se deterioran las condiciones de cursada, se precariza el trabajo docente y todo eso genera cansancio, bronca y desconexión. Los estudiantes se enojan con los paros porque sienten que les quitan clases, sin advertir que en realidad son consecuencia y respuesta al vaciamiento que sufren las instituciones. La universidad empieza a percibirse como un espacio que no funciona y cómo dejamos de sentirla propia, también dejamos de defenderla.

En una época tan obsesionada con el rendimiento individual, la meritocracia y la productividad, se pierde de vista la importancia de los espacios colectivos, como los que ofrece la educación pública. No podemos reducirla a un edificio o a un título; tampoco es únicamente una herramienta de movilidad social, aunque sí lo posibilite. Para mí es, por sobre todo, un espacio de formación integral donde uno aprende contenidos, pero también a escuchar, a discutir, a convivir, a leer críticamente, a relacionarse con otros y a pensarse como parte de algo más grande que uno mismo.

Por eso no creo que el problema del financiamiento universitario pueda pensarse como una dificultad sectorial o como un reclamo que concierne solamente a los docentes o a quienes hoy están cursando. Lo que se deteriora es uno de los espacios más importantes de formación y encuentro que tenemos. Si la educación pública se vacía, no solo perdemos una institución que representa la posibilidad de acceder a la educación formal para una parte enorme de la población; sino también una forma de construir el futuro en comunidad.

Yo creo que por eso me quedó tanto la frase del cartel. Es una forma de recordar que nadie se forma solo. La verdad, y cito otro cartel: "no sé qué sería de mí sin la educación pública" porque, aunque yo no me formé exclusivamente en ese ámbito, estoy convencida de que todos merecen la oportunidad de acceder a ella, y defender que sea pública, gratuita y de calidad es la única forma de garantizarlo.

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