Carta #3

Sherlock,

Recibí su carta. No me sorprendió su desdén; me sorprendió, en cambio, lo fácil que le resulta descartar aquello que no puede entender. Usted confía en las huellas, en el barro, en la ceniza. Yo también confío en las huellas, aunque no siempre aparezcan sobre el suelo.

Soñé otra vez.

La calle era la misma. Estaba la niebla amarilla, la vidriera rota y el hombre en el pavimento con la mano cerrada. Pero esta vez había algo más, una segunda figura, quieta junto al cuerpo, inmóvil de un modo que no parecía humano. No sabría decirle si estaba observando al muerto o aguardando algo. Lo único claro fue la frase que escuché, con una nitidez insoportable: “Dígale a Holmes que deje de mirar el cuerpo.”

Eso es lo que intento explicarle. Empiezo a sospechar que no se trata solo de un asesinato, que hay algo en esa escena —algo que espera, acecha— que no encaja en el orden habitual de las cosas. Y si le escribo de nuevo no es por capricho, sino porque me temo que usted está investigando la parte visible de un problema cuya raíz permanece oculta.

Le escribo porque el sueño volvió con detalles nuevos.
Le escribo porque la figura ya no me parece una invención, sino una advertencia.
Le escribo porque si aparece un muerto frente a una ventana rota, será demasiado tarde para decir que no se lo advertí.

Mañana estaré otra vez en el café de luces verdes, cerca de Baker Street. Llevaré un nuevo dibujo. Si decide no venir, lo entenderé. Pero si en su próximo caso encuentra algo que no debería estar allí —una presencia, un reflejo, una repetición imposible—, recuerde esta carta antes de reírse de los sueños ajenos.

David Lynch

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