Autobiografía
Mi nombre es Valentina, tengo 19 años y mi historia con la literatura empieza desde que era muy chiquita. Me recuerdo fascinada con 4 o 5 años escuchando a mis abuelos contarme cuentos de Maria Elena Walsh o mi mamá leyéndome los libros que me llevaba del jardín.
Ya cuando crecí un poco empecé a elegir más conscientemente que quería leer, el primer libro que pedí fue Charly y la fábrica de chocolates de Roald Dahl, me enteré que la película estaba basada en su obra y quise leerlo. Me gustó tanto que terminé leyendo casi todos los libros que escribió.
Cuando cumplí 8 mi abuela me regaló una antología de poemas que ya no sé cuántas veces habré leído. También en esa época, empecé una serie de libros llamada Thea Stilton y, como varias amigas lo leían, íbamos recomendándonos e intercambiando tomos. Para mi cumple de 11, una tía me regaló Socorro de Elsa Borneman, el primer tomo me gustó y el segundo me dió tanto miedo que fue el primer libro que no pude terminar.
Lo que más me gustaba de chica era la música, cantaba todo el tiempo y hasta componía mis canciones. A medida que fui creciendo le agarré el gusto a otras formas del arte y empecé a tomar conciencia de la cantidad inabarcable de cosas interesantes que tenía por conocer. Me empezó a pasar que sentía que había libros que tenía que leer, artistas que tenía que escuchar, películas por ver y deje de fijarme en lo que me llamaba realmente la atención.
Tengo el recuerdo vívido de leer El principito apurada porque en una semana cumplía 13 años, había escuchado que tenía que leerlo al menos una vez en cada etapa de la vida y sentía que se me escapaba la posibilidad de leerlo en la infancia.
El último libro que leí antes de dejar el hábito completamente fue Alicia en el país de las Maravillas, cuando tenía 12 o 13 años. Siempre dije que era mi favorito, supongo que porque por mucho tiempo fue el único que pude terminar.
Durante la secundaria, mi lectura se redujo a lo que el plan de estudios dictaba, solo recuerdo tres momentos en los que yo decidí leer más que lo obligatorio: con las Aguafuertes de Arlt, los cuentos de Mariana Enriquez y con Operación masacre de Walsh. También tuve que escribir muchos textos en esa etapa, esa parte me gustaba mucho. Siempre tenía curiosidad sobre algún tema o ganas de hablar de algo y los trabajos me servían de excusa para investigar y poner en palabras lo que venía pensando. Así llegó al taller, o en realidad, a la carrera: buscando herramientas para poder abarcar temas interesantes con criterio, para ordenar lo que pienso y compartirlo con otros y también como una forma de acallar un poco mi curiosidad por todo.
De a poco estoy tratando de volver a la lectura ociosa, otra vez el hábito viene de la mano de mi abuela. Cuando en noviembre del año pasado le comenté que quería volver a leer, no solo me mostró un mueble llenísimo de libros de ella y mi abuelo que ahora estaban a mi disposición, sino que también me recomendó algunos con tanta emoción que me motivó a leerlos con tal de poder contarle que me parecieron.
En fin, espero que el taller me despierte nuevos intereses que me den pie a seguir leyendo, también espero que me ayude a mejorar mi redacción pero, sobretodo, me gustaria que me ayude a sacarme la vergüenza de equivocarse y el miedo a que lo que tengo para decir no sea tan interesante.
Ya cuando crecí un poco empecé a elegir más conscientemente que quería leer, el primer libro que pedí fue Charly y la fábrica de chocolates de Roald Dahl, me enteré que la película estaba basada en su obra y quise leerlo. Me gustó tanto que terminé leyendo casi todos los libros que escribió.
Cuando cumplí 8 mi abuela me regaló una antología de poemas que ya no sé cuántas veces habré leído. También en esa época, empecé una serie de libros llamada Thea Stilton y, como varias amigas lo leían, íbamos recomendándonos e intercambiando tomos. Para mi cumple de 11, una tía me regaló Socorro de Elsa Borneman, el primer tomo me gustó y el segundo me dió tanto miedo que fue el primer libro que no pude terminar.
Lo que más me gustaba de chica era la música, cantaba todo el tiempo y hasta componía mis canciones. A medida que fui creciendo le agarré el gusto a otras formas del arte y empecé a tomar conciencia de la cantidad inabarcable de cosas interesantes que tenía por conocer. Me empezó a pasar que sentía que había libros que tenía que leer, artistas que tenía que escuchar, películas por ver y deje de fijarme en lo que me llamaba realmente la atención.
Tengo el recuerdo vívido de leer El principito apurada porque en una semana cumplía 13 años, había escuchado que tenía que leerlo al menos una vez en cada etapa de la vida y sentía que se me escapaba la posibilidad de leerlo en la infancia.
El último libro que leí antes de dejar el hábito completamente fue Alicia en el país de las Maravillas, cuando tenía 12 o 13 años. Siempre dije que era mi favorito, supongo que porque por mucho tiempo fue el único que pude terminar.
Durante la secundaria, mi lectura se redujo a lo que el plan de estudios dictaba, solo recuerdo tres momentos en los que yo decidí leer más que lo obligatorio: con las Aguafuertes de Arlt, los cuentos de Mariana Enriquez y con Operación masacre de Walsh. También tuve que escribir muchos textos en esa etapa, esa parte me gustaba mucho. Siempre tenía curiosidad sobre algún tema o ganas de hablar de algo y los trabajos me servían de excusa para investigar y poner en palabras lo que venía pensando. Así llegó al taller, o en realidad, a la carrera: buscando herramientas para poder abarcar temas interesantes con criterio, para ordenar lo que pienso y compartirlo con otros y también como una forma de acallar un poco mi curiosidad por todo.
De a poco estoy tratando de volver a la lectura ociosa, otra vez el hábito viene de la mano de mi abuela. Cuando en noviembre del año pasado le comenté que quería volver a leer, no solo me mostró un mueble llenísimo de libros de ella y mi abuelo que ahora estaban a mi disposición, sino que también me recomendó algunos con tanta emoción que me motivó a leerlos con tal de poder contarle que me parecieron.
En fin, espero que el taller me despierte nuevos intereses que me den pie a seguir leyendo, también espero que me ayude a mejorar mi redacción pero, sobretodo, me gustaria que me ayude a sacarme la vergüenza de equivocarse y el miedo a que lo que tengo para decir no sea tan interesante.
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